DANZA EN LATINOAMÉRICA, COMO UN ACTO DE FE


Apuntes sobre el Coloquio Latinoamericano de Investigación y Prácticas de la Danza Viscesc 2017 y mi primera visita a México.
Por Marilyn Garbey
La segunda edición del Coloquio Latinoamericano de Investigación y Prácticas de la Danza Viscesc 2017 tuvo lugar en la ciudad de México, entre el 13 y el 15 de julio pasados. Organizado en el contexto del Encuentro Nacional de Danza, fue el espacio ideal para intercambiar experiencias de diversos signos.
A partir del reto “La práctica coreográfica como intersección de la teoría y la práctica”, se concibieron ocho mesas de diálogo que abarcaron temas como citaciones escénicas en la práctica coreográfica, territorialidad/desterritorialidad en el pensamiento coreográfico, apropiaciones interdisciplinares en los discursos dancísticos, la danza como archivo de experiencias, el posicionamiento político de teorizar los actos creativos ante las falencias de la práctica escénica, la sobrevaloración corpórea como medio ante las falencias teóricas, las fórmulas de composición coreográfica vs la creación-investigación.
Fue en el Centro Cultural del Bosque, colindante con el Auditorio Nacional, donde la danza que se hace en Latinoamérica devino en foco del debate, con miradas múltiples surgidas al calor de la teoría y de la práctica. Los anfitriones expusieron asuntos que suscitaron mucho interés. Juan Carlos Palma Velasco indagó en las maneras en que se piensa y entrena el cuerpo del bailarín folclórico. Aida Beatriz Pérez Sánchez reflexionó sobre la danza como vehículo de conocimiento. Anadel Lynton, una de las más relevantes figuras de la danza en el país azteca, referente de lucidez intelectual y de hondura espiritual, invitó a los participantes a ejecutar un ritual de vida. Alicia Sánchez y Juan Carlos Flores  sugerían construir poéticas inspirados en la relatoría que de su proceso creativo realiza el artista. El maestro Javier Contreras afrontó el impacto de los nuevos paradigmas en la creación danzaria. Irasema Serrano se cuestionaba el rol asignado al espectador. Héctor Garay propuso la construcción de la cartografía danzaria de México. Alonso Alarcón  Múgica exploró las representaciones de las masculinidades en las coreografías hechas en México, en la última década.
Desde Cuba se presentaron  tres visiones del movimiento danzario de la Isla. La profesora Mercedes Borges Bartutis proyectó el documental Arnaldo Paterson: El Maestro, acercamiento a una de las personalidades claves de la escuela cubana de danza moderna.  El periodista José Ernesto Mosquera abordó la gestión de Danza Contemporánea de Cuba y el British Council, para que los coreógrafos Billie Cowie y Teo Clincard crearan Tangos cubanos y Listening Room, respectivamente. Quien suscribe este texto analizó el diálogo entre  las tradiciones danzarías cubanas y  las tendencias de moda en el mundo, al tiempo que alertaba  sobre los intentos de imponer una visión unilateral y borrar lo alcanzado hasta ahora.
José L. Reynoso, de la Universidad California Riverside, desdibujó las fronteras entre teoría y práctica al exponer sus referencias vitales, valiéndose de las herramientas que le proporciona la coreografía. Kazia Contreras, de Guatemala, se enfocó en los efectos de la era Internet en la danza. Los colombianos Rosa Elena Crawford y Jhoan David Asprilla describieron cómo el rescate de las tradiciones danzarías y musicales de su país ha contribuido al logro de la paz en su tierra. Gabriela Saldia, de Bolivia, rompió los moldes etnocéntricos al rastrear el montaje del ballet Amerindia.
Compartir maneras creativas  propició el trueque teórico y humano. Las interrogantes encontraron cauces en un ámbito  donde cada cual expuso su punto de vista sustentado en el estudio riguroso y en las más diversas prácticas danzarías: ¿Cómo registrar la danza en el siglo XXI? ¿Desde qué posiciones anotar la historia de la danza? ¿Cómo estudiar la danza con herramientas de otras disciplinas? ¿Es subversivo el folclor en estos tiempos? ¿Es posible innovar en el folclor? ¿Cómo se construyen los cuerpos danzantes? ¿Cómo borrar  los límites de la teoría y la práctica? ¿A qué públicos se dirige la danza ¿Cómo expresa la danza el entorno social en que se desarrolla?
Los debates se prolongaban más allá del lugar de exposiciones, índice de la urgencia del diálogo fraterno entre colegas que comparten sueños e inquietudes: aspectos técnicos, temas de formación, la tecnología y  la danza, los espacios de representación, el entrenamiento, y un largo etcétera porque no hubo aspecto vinculado a la danza que no se cuestionara. Y es que la danza es expresión de vida desde los albores de la Humanidad hasta hoy,  de ahí la necesidad de pensarla y hacerla.
En las noches del hermoso y acogedor Hotel Genéve de la Zona Rosa, donde Marlon Brando descansaba tras la filmación de Viva Zapata, se sucedían las conversaciones.  Fotos, libros, música, películas pasaban de mano en mano. Al amparo del Angel de la Independencia, se cruzaron  direcciones electrónicas y perfiles de Facebook  y se hicieron promesas de futuro.
Para clausurar el Coloquio se presentó Barro Rojo Arte Escénico en el Palacio de Bellas Artes. La agrupación, que celebra 35 años de trabajo, ha marcado el desarrollo de la danza en su país en virtud de su constancia en la labor creadora y en su manera de expresar el entorno en que viven. Con el estreno de  No me voy, sólo vuelo y la reposición de Travesía subieron a escena los conflictos de sus contemporáneos, desde las relaciones filiales hasta el trauma de la partida, pasando por la exploración de la intimidad en franca contradicción con el entorno social y las imposiciones de la globalización. Tal vez fue mi perspectiva como espectadora, en el tercer balcón del inmenso recinto, pero el virtuosismo de los bailarines y la espectacularidad visual dejaron en segundo plano la propuesta conceptual de las coreografías. No obstante, los aplausos agradecieron la trayectoria de un grupo danzario, que ha dejado huellas profundas en el imaginario de los espectadores.
Por los cardinales del DF                                                            
Visitaba México por primera vez, y la ciudad se me antojó enorme y bella, superpoblada como se sabe, con muchos árboles y mucho tráfico. El olor de la tortilla, el sabor picante, el paso trepidante del metro, los altos edificios, la velocidad de la vida dispararon mi tensión arterial y ralentizaron mi ritmo sanguíneo. Pero subí las escaleras de la pirámide del Sol y la de la Luna junto a Nicolás y al Kike. Luego Rosy nos guió hasta sitios arqueológicos apenas frecuentados por el público. Visité el Museo de Antropología y afloraron las emociones ante la grandeza de los habitantes originarios del continente. En Coyoacán contemplé la cama donde Frida Khalo se retrataba, con la guía inestimable de Cheché, un niño de cinco años que, con idéntica pasión, admira a la pintora y al  Cristiano Ronaldo del Real Madrid;  también recorrí las habitaciones de la casa de Trostky, y aunque se frustró el ensayo de la compañía Antares, contemplé las flores en el Mercado. En la Catedral me hice fotos junto a Nico, con la Virgen de la Caridad al fondo. En el Barrio de la Merced compartí la cantina con los maestros del Colegio Vista Hermosa y contemplamos los juguetes de madera. En la Basílica agradecí a la Virgen de la Guadalupe velara por la salud de mi familia. En el Museo Jumex se exhibían los trazos de Andy Wharol, con las imágenes de Marilyn Monroe, Mao Se Tung, Jackie Kennedy, Liz Taylor y las latas de sopa Campbell. Fui a Iztapalapa a ver una función del Colectivo PEC, que bajo la dirección del coreógrafo Bernardo Orellana, presentó la Trilogía de reconstrucción, con el protagonismo de jóvenes bailarines, entre los que resaltaban Carlos Coronel y Anahí Arteaga. En el Centro Nacional de las Artes asistí a la presentación del libro El juego de acercarse y alejarse. Traducción performática de “otras” danzas, de la maestra Hilda Islas. Fui a la librería Gandhi y Nicolás me regaló el último libro de mi admirado Umberto Eco. Compré en el Walmart y en Tepito, tomé tequila escuchando a Silvio y leyendo su Segunda cita. El viaje de retorno se pospuso por la ineficacia de Cubana de Aviación, pero en el hotel volví a ver Telma y Louise, la película de Ridley Scot con la extraordinaria Susan Sarandon. Ahorro, por escabrosos, los detalles de las escenas vividas en el aeropuerto. Prefiero  recordar las caminatas por la calle Reforma o el paseo por el Zócalo, donde creí divisar en la multitud a mi amigo Omar Mederos.
Ya en La Habana, repaso lo vivido en aquellos días. Fue la danza el pretexto para gozar de tantas emociones, le agradezco tanta dicha
* Tomado de: www.cubaescena.cult.cu