El regreso del hijo pródigo, o de zapatillas, colores y otros males
También creo que si hablamos de desdibujar fronteras y construir vínculos comunes, el Festival de Teatro de La Habana podría acoger una mayor presencia de obras danzarias de las que se producen en nuestro país y en parte del mundo.
La 26 edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso estuvo dedicada a celebrar los 70 años del Ballet Nacional de Cuba, compañía anfitriona de la importante cita. Las jornadas comenzaron el día 28 de octubre y se prolongaron hasta el 6 de noviembre, en una plataforma que se desarrolló entre clases magistrales, conferencias de prensa, jornadas metodológicas en la Escuela Nacional de Ballet, exposiciones y presentaciones de libros.
Una de las particularidades del programa en esta edición fue la gran temporada dedicada a celebrar los 75 años del debut escénico de Alicia Alonso como Giselle, en 1943, personaje que en esta edición fue asumido por primeras figuras cubanas y otras estrellas de la danza del mundo. Aparecieron nombres importantes de la escena internacional como los primeros bailarines del American Ballet Theatre (ABT) Hee Seo y Cory Stearns, Isabella Boylston y Aram Bell; Maria Kochetkova, que ahora está en el Ballet Nacional de Noruega, junto a Joaquín de Luz, que terminó su vida artística con el New York City Ballet (NYCB) unos días antes y vino a bailar un fragmento del segundo acto de Giselle —es un gran atractivo verlo, más cuando en el NYCB no se baila este clásico—. Del Ballet Estable del Teatro Colón, de Buenos Aires, llegaron Camila Bocca, Juan Pablo Ledo, Macarena Giménez y Maximiliano Iglesias; volvió la estrella internacional Rasta Thomas, que por esos días ensayaba en los salones de la compañía Danza Contemporánea de Cuba el Requiem de Mozart, con coreografía de George Céspedes. Otras de las figuras que formaron parte del programa del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso fueron Rainer Krenstetter, del Miami City Ballet; Marian Walter, del Munich Ballet; el cubano Javier Torres con Julie Charles, del Northern Ballet de Inglaterra, y el cubano Jorge Vega con Valeria Alavés, de México. También marcó el retorno de figuras importantes en la historia del Ballet Nacional de Cuba como: Rolando Sarabia, Rolando Sarabia (Sarabita), Daniel Sarabia, Carlos Quenedit, Yanela Piñera, Camilo Ramos, Marisé Fumero, Arionel Vargas, Lorna Feijóo, Dayesi Torriente, Arian Molina, entre otros.
Las conferencias de prensa se realizaron en la sede del Ballet Nacional de Cuba, un espacio conducido a cuatro manos por el Dr. Miguel Cabrera (historiador del Ballet Nacional de Cuba) y por Ismael Albelo (crítico e investigador de la danza). Un diálogo más próximo sobre la creación, los avatares de la vida de los bailarines, coreógrafos y gestores del ballet. Aunque, entre tantas emociones, muchas veces se perdió la esencia de ese espacio, que posee un carácter meramente informativo.
Hay que recordar que el Festival nunca se dejó de hacer, ni en los momentos más complicados de los 90, en primer lugar por la voluntad de Alicia Alonso y la del país para apoyarlo. La titánica tarea de organizar y asegurar esas necesidades fue en esos momentos muy dura y aún lo es.
Todos los artistas del mundo reconocen las características del pueblo
cubano si de las opciones del arte y la cultura se trata. Digo arte
porque las inmensas colas no solo suceden en el festival de ballet,
también pasa con el Festival de Cine de La Habana, la Bienal de La
Habana, el Festival de teatro, etcétera. Con relación a esto nos dice
Joaquín de Luz: “Cuba es un sitio único en cómo se vive la danza, diría
que con la misma pasión se vive el futbol en mi país. Todavía me
impresiona ver las grandes colas para entrar a los teatros y que haya
tanta expectativa por saber quién viene. Aquí se forma un ambiente muy
bonito, y a los que venimos de fuera nos hacen sentir como en casa, para
mí es una gran satisfacción volver aquí, ya al final de mi carrera.
Estoy muy agradecido″.
Las carencias y características que posee nuestro festival con respecto a otros del mundo, no pueden echar a un lado el rigor en la curaduría. En este Festival se vieron algunas fisuras en la programación, en la calidad de las obras y de bailarines participantes. Sin embargo, esta edición quedará en la memoria de muchos espectadores y bailarines cubanos que se han radicado en el exterior, como Yanela Piñera, quien comentó: “Estoy muy feliz, es una oportunidad increíble poder estar aquí bailando de nuevo para nuestro público cubano. Compartir escenario con grandes amigos y grandes artistas que hace mucho tiempo no veía. La gente nos ha recibido con un enorme cariño y con un entusiasmo increíble. En verdad me siento muy feliz y disfruto todas las funciones del festival. Es una experiencia maravillosa. Es un gusto estar en nuestros escenarios y bailar para nuestro público”.
De alguna manera, el Festival… es un acto de reafirmación de la valía de nuestro sistema de enseñanza y de la disciplina que por 70 años ha mantenido el Ballet Nacional de Cuba en su equipo de trabajo. Marisé Fumero (primera bailarina del Milwaukee Ballet) nos comentó sobre lo que le ha aportado la escuela cubana de ballet: “La Escuela Cubana de Ballet es maravillosa, te dota de una técnica impecable. Es algo muy fuerte, te crea una enorme pasión por la danza que llevas contigo por el resto de tu vida. Cuando sales de aquí, coges lo mejor de la técnica de otros lugares, pero técnica de base, eso ya lo tenemos. Desarrollamos refinamiento, quizás cambias las zapatillas de puntas con las que bailas, cambias el trabajo de los pies, pero la base es la escuela cubana de ballet, y es maravillosa”.
El público que asistió al Gran Teatro de La Habana pudo disfrutar de la exposición, que los recibió en el vestíbulo de la institución, titulada Paralelos, la que muestra, de forma refinada e interesante, la mirada de dos artistas, uno cubano y otro norteamericano, cuyo interés es el de conjugar la realidad del bailarín con ese su otro mundo mágico: así realiza un doble retrato, uno próximo al personaje que interpreta y el otro en su plena cotidianidad, pues, en el acto escénico, realmente olvidamos que ese intérprete es tan próximo a nosotros como no somos capaces de imaginar.
Cerró el telón de esta 26 edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso. El público cubano disfrutó una vez más del arte en puntas, complementado con sus estilos más modernos. El estreno de Ely Regina (La forma del rojo) no gozó de tanta suerte como Ciudad de luz, concebida por Pepe Hevia para Grettel Morejón y Ariam León. Aún se impone la necesidad de ver más a nuestros bailarines interpretando piezas contemporáneas, desdoblándose, rompiendo los esquemas y formalismos de la escuela clásica.
El ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba
Dos generaciones de cubanos alcanzaron la mayoría de edad en las décadas de 1920 y 1950. Al menos cuatro lo hicieron después de 1959. Para todos, el ballet ofreció otra imagen de la identidad. No partió, como en otros casos, del poder pasado ni acordó consensos con los juicios preestablecidos socialmente. En su lucha romántica —no por ello minúscula— antepuso a la estética europea un modelo nuevo de belleza. Graficó el desplazamiento de los ejes culturales tradicionales hacia las zonas adyacentes. Construyó otros referentes. A partir de una preocupación real por la Isla, amplió, de forma premeditada, el universo de los bailarines, los coreógrafos y la técnica.
Al colisionar los lineamientos pedagógicos, los singulares perfiles coreográficos, los disímiles ánimos del país; insospechadas posibilidades imaginaron el sueño de una escuela cubana de ballet. La Academia Nacional Alicia Alonso, creada en 1950, desplegó una espiral de tentativas, personificaciones, ideas en progreso, acumulaciones pedagógicas. La República burguesa no hizo fácil aquella empresa. Condicionaría ese tránsito el perfil de una compañía negada a permanecer solo en los circuitos estrechos de las élites habaneras.
La frustración neocolonial conjugó, en los dominios culturales, la norteamericanización exorbitante de la vida social. Wood, el interventor, lo había vaticinado: «La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo». Habíamos quedado tristes, al decir de Gómez. Las realidades fueron demoledoras. El tiempo y el espacio mutaron hacia la cultura de postal. La popularización de los modos y estereotipos de la industria cultural yanqui, auxiliados por Hollywood, influyó en los conceptos sobre las relaciones entre géneros, las modalidades sexuales, los patrones de belleza, las prácticas deportivas, los estilos literarios, el panorama sonoro, etc. La publicidad abrió los nueve círculos dantescos para un país cuyo mayor pecado era el autodesconocimiento.
Con frecuencia entendemos la hegemonía como una sumatoria de forcejeos, de violencia sobre la actividad social e imposiciones de nuevos significados. Ignoramos dolorosamente que esos procesos, como sucedió en Cuba, pueden emanar, también, de los consensos. Aquí las circunstancias parecieron afirmar el carácter moderno y civilizado de la sociedad. En la práctica, al definir los alcances inclusivos de ese término, es decir, la sociedad, estaban equivocados. En un país culturalmente subdesarrollo y dependiente ese es un término con altísimas adecuaciones.
No es necesario rememorar interminablemente. Si coloco apenas estos enunciados es para presentar una tesis más abarcadora. Como otros hechos culturales, para abrazar su carácter nacional, el ballet tuvo que sortear el mayor de los obstáculos: un país en el que la amnesia crónica había hecho olvidar a algunos sectores el alcance y significación de un principio de tal naturaleza. Prefiero no contaminar este argumento con referencias al andamiaje institucional. La sociedad Por Arte-Musical de La Habana, por ejemplo, jugó un rol importantísimo. Aquella génesis ecléctica no podía, sin embargo, hacer de la danza un patrimonio del pueblo y la Nación. Son demasiados los obstáculos que separan a una burguesía incapacitada de poder, fanatizada por tenerlo, de los intereses colectivos de un país.
Método y discurso, retornando a la danza, calaban los imaginarios populares. La labor de los Alonso, juntos, desbordó el propósito inicial. En el núcleo de la tormenta creativa, ¿es posible que no alcanzaran a advertirlo? Nada más falso. El mensaje leído por Guillén en el Congreso Continental de Cultura en Santiago de Chile proyecta ya el semblante nacional de aquella escuela. El principio emancipador del arte ha madurado, se ha hecho ya orgánico. Fernando en su ponencia define la perspectiva. Sobrepasa el espacio en que estacamos a veces al artista. «El ballet empieza a enraizar en el pueblo. A extraer las esencias autóctonas de las distintas nacionalidades, a matizarse de nuevos colores, a organizarse con nuevas corrientes, y a ayudar al hombre medio y al hombre de abajo en su preparación artística e intelectual. Ya el ballet no será nunca más un arte de reyes, potentados, sino un arte de pueblo y para el pueblo, tal como lo exigen los nuevos tiempos. Por ello hemos de trabajar».
Es 1953. Los fundadores se han inscrito en el flujo ondulatorio del nacionalismo radical que alimentó el movimiento de defensa cultural, cívica y política de los años veinte. Una generación ha descendido los 88 peldaños de la escalinata universitaria. Frente a la frustración republicana el Ballet alcanza, se compromete a mirar a través de las cosas, condición indispensable para sancionar la legitimidad del arte. Particularmente decisiva es la declaración de Fernando. Beligerante hacia un contexto nacional, es también un llamamiento universal. Riñe con el despliegue oportunista de un arte instrumental y politizado. Exponiendo su madurez intelectual, el bailarín sabe ya que en esos colores, corrientes y nacionalidades reposan los proyectos postergados.
La indignación popular ante la suspensión de los fondos estatales a la Compañía en el año 1956 es ya la confirmación de cuánto ha conseguido penetrar el Ballet en la vida colectiva del cubano. Alicia se niega a bailar en Cuba mientras exista dictadura. La FEU organiza la histórica función de desagravio en el stadium de la Universidad de La Habana. La muerte del cisne y las rosas rojas. El mensaje a las jóvenes bailarinas que luego serán las Joyas. Fructuoso Rodríguez retornando en medio de la persecución, venciendo el cerco policial. La universidad asintiendo al «matrimonio feliz». Imágenes fabulosas que perduran en nuestra memoria cultural.
El programa cultural de la Revolución radicalizó también, como en otras áreas de la creación, el panorama danzario. El Ballet Nacional, Danza Contemporánea de Cuba, el Conjunto Folklórico Nacional estimularon un potente movimiento con rasgos nacionales muy acentuados. Luego todo eso se dilató. Un nuevo campo quedó abierto para los compositores, músicos, instrumentistas, pintores, decoradores, escenógrafos, etc. Sin exclusión de ninguna clase se desarrolló un público conocedor mediante funciones gratuitas, difusión radial y programas de televisión.
Resultante de un denso proceso de indagación, la escuela cubana de ballet estableció un estilo depurado y materializó la limpieza, la precisión entre nuestros danzantes. Atributos que saltan a la vista, incluso ante un público inexperto. El sincretismo de ideas, las estéticas conjugadas, definen un método que reacciona ante las necesidades expresivas que le son propias al bailarín cubano. Tradiciones culturales y una técnica académica que metaboliza y resignifica la evolución histórica, y hace del cuerpo humano un arroyo de efusividad contenida. Desnuda, en un primer plano, queda la hermosa sensibilidad y la vibración del caribeño. Al elevado reconocimiento internacional se sumará finalmente su inscripción como Patrimonio Cultural de la Nación, en junio de este año.
Setenta años es tiempo suficiente para evaluar desde la altivez de la edad el camino recorrido. Es además momento oportuno para apreciar los trazos que felizmente se han salido de la línea. Recomponer el proyecto, incorporar otras soldaduras es un acto razonable. Ante la fuerza del salitre, el más denso de los metales termina dominado. Acudiendo a la poetisa, no ha sido esta una casa silenciosa, «(…) por el contrario, a muchos, muchas veces, rasgué la seda pálida del sueño…» Debemos vigilar que no aparezcamos un día hablando melancólicamente, «(…) como las personas que empiezan a envejecer…». Sintiendo en verdad que somos una casa vieja. El mundo se nos hace de cemento, mas sabemos todos que solo es una forma de mentir.
¿Disfruto el ballet, acaso, como un acto de negación individual? Me lo he cuestionado infinidad de veces. Mi gusto, mi experiencia singular hacia esta forma del arte no podría, ciertamente, explicarla a partir de lo que definen los sicólogos como situación social del desarrollo. Queda muy lejos de mi estilo una categoría de tal naturaleza. En verdad, la respuesta apalearía a la facultad de asumir que todo cuanto nos fue vedado como pueblo en aquellos días fundacionales, mi generación lo ha sentido como propio.
No puede existir elogio que no remueva los desafíos y las angustias
de la época que está próxima, lista para desembarcar. El Ballet nuestro,
como la sociedad toda, asume ahora el laberinto colosal de la
continuidad. Ya sé, me lo ha explicado un amigo, que eso no significa
nunca ligamentos idénticos o métodos iguales. Ante esa empresa hermosa y
sensitiva están ahora, como nunca, las facturas del tiempo. ¿Cuáles
serían las opciones? Honestamente no lo sé. Me apasiona, sin embargo, la
idea de que los que vengan detrás descubran también el acto mágico de
la orquesta, los bailarines, el público deshaciéndose en aplausos, la
vibración y la fuerza de una Isla cuando alcanza a hacerse gesto,
energía, sensibilidad, estilo. La rutina de la puesta en escena, órbita
de la importancia del acto colectivo.
El Ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba. No tengo dudas de eso. Ambos destinos están íntimamente entrelazados. Dependerá mucho de los razonamientos, los compromisos, los soplos nuevos, la confianza en los que comienzan, la solución exitosa ante ecuaciones ciertamente muy complejas que se dilatan en el tiempo. En ese ruedo se hará indispensable el papel de la crítica, los estudios teóricos, la naturalización del trabajo diario, la experimentación con otras estéticas, el desempeño intencionado hacia la conquista y la educación de los públicos. A las coyunturas económicas habrá que encontrarles solución. Pasarán. Es impostergable que no perdamos de vista, tampoco, la solidez, el rigor, la originalidad. Que no renunciemos al instinto, a la fuerza emergente de los significados.
Tomado de: www.lajiribilla.cu
Por: Lázaro Benítez Díaz
Uno de los eventos de más tradición y prestigio del mundo de la danza en nuestro país, con más de medio siglo de historia, es el Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso. Diversos encuentros, concursos, muestras se organizan anualmente dentro del pequeño circuito de espacios para la danza que existen en Cuba. No han sido pocos los reclamos de la comunidad danzaria respecto a su exigencia de poseer un festival nacional que aglutine a todos los estilos de la danza, sin preferencias, ni tendencias, como sucede con el teatro. Sin embargo, eso continúa siendo un reclamo que aguarda en una gaveta.También creo que si hablamos de desdibujar fronteras y construir vínculos comunes, el Festival de Teatro de La Habana podría acoger una mayor presencia de obras danzarias de las que se producen en nuestro país y en parte del mundo.
La 26 edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso estuvo dedicada a celebrar los 70 años del Ballet Nacional de Cuba, compañía anfitriona de la importante cita. Las jornadas comenzaron el día 28 de octubre y se prolongaron hasta el 6 de noviembre, en una plataforma que se desarrolló entre clases magistrales, conferencias de prensa, jornadas metodológicas en la Escuela Nacional de Ballet, exposiciones y presentaciones de libros.
Una de las particularidades del programa en esta edición fue la gran temporada dedicada a celebrar los 75 años del debut escénico de Alicia Alonso como Giselle, en 1943, personaje que en esta edición fue asumido por primeras figuras cubanas y otras estrellas de la danza del mundo. Aparecieron nombres importantes de la escena internacional como los primeros bailarines del American Ballet Theatre (ABT) Hee Seo y Cory Stearns, Isabella Boylston y Aram Bell; Maria Kochetkova, que ahora está en el Ballet Nacional de Noruega, junto a Joaquín de Luz, que terminó su vida artística con el New York City Ballet (NYCB) unos días antes y vino a bailar un fragmento del segundo acto de Giselle —es un gran atractivo verlo, más cuando en el NYCB no se baila este clásico—. Del Ballet Estable del Teatro Colón, de Buenos Aires, llegaron Camila Bocca, Juan Pablo Ledo, Macarena Giménez y Maximiliano Iglesias; volvió la estrella internacional Rasta Thomas, que por esos días ensayaba en los salones de la compañía Danza Contemporánea de Cuba el Requiem de Mozart, con coreografía de George Céspedes. Otras de las figuras que formaron parte del programa del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso fueron Rainer Krenstetter, del Miami City Ballet; Marian Walter, del Munich Ballet; el cubano Javier Torres con Julie Charles, del Northern Ballet de Inglaterra, y el cubano Jorge Vega con Valeria Alavés, de México. También marcó el retorno de figuras importantes en la historia del Ballet Nacional de Cuba como: Rolando Sarabia, Rolando Sarabia (Sarabita), Daniel Sarabia, Carlos Quenedit, Yanela Piñera, Camilo Ramos, Marisé Fumero, Arionel Vargas, Lorna Feijóo, Dayesi Torriente, Arian Molina, entre otros.
Las conferencias de prensa se realizaron en la sede del Ballet Nacional de Cuba, un espacio conducido a cuatro manos por el Dr. Miguel Cabrera (historiador del Ballet Nacional de Cuba) y por Ismael Albelo (crítico e investigador de la danza). Un diálogo más próximo sobre la creación, los avatares de la vida de los bailarines, coreógrafos y gestores del ballet. Aunque, entre tantas emociones, muchas veces se perdió la esencia de ese espacio, que posee un carácter meramente informativo.
Hay que recordar que el Festival nunca se dejó de hacer, ni en los momentos más complicados de los 90, en primer lugar por la voluntad de Alicia Alonso y la del país para apoyarlo. La titánica tarea de organizar y asegurar esas necesidades fue en esos momentos muy dura y aún lo es.
![](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg31PBGp8cP3Sbl7tvC0z6CpUvYbZ6z5mbO_0BF5P1BWp2s6R-uG-HPrjP6Fk4Sv71R4JWdr3n9kjjBh1bV3TFbWPia12yuEDqiM04Juo9XXzMMP30-YqZy-Phl0sEXTGSjUAoOo3GHPTI/s320/ALA_4118.jpg)
Las carencias y características que posee nuestro festival con respecto a otros del mundo, no pueden echar a un lado el rigor en la curaduría. En este Festival se vieron algunas fisuras en la programación, en la calidad de las obras y de bailarines participantes. Sin embargo, esta edición quedará en la memoria de muchos espectadores y bailarines cubanos que se han radicado en el exterior, como Yanela Piñera, quien comentó: “Estoy muy feliz, es una oportunidad increíble poder estar aquí bailando de nuevo para nuestro público cubano. Compartir escenario con grandes amigos y grandes artistas que hace mucho tiempo no veía. La gente nos ha recibido con un enorme cariño y con un entusiasmo increíble. En verdad me siento muy feliz y disfruto todas las funciones del festival. Es una experiencia maravillosa. Es un gusto estar en nuestros escenarios y bailar para nuestro público”.
De alguna manera, el Festival… es un acto de reafirmación de la valía de nuestro sistema de enseñanza y de la disciplina que por 70 años ha mantenido el Ballet Nacional de Cuba en su equipo de trabajo. Marisé Fumero (primera bailarina del Milwaukee Ballet) nos comentó sobre lo que le ha aportado la escuela cubana de ballet: “La Escuela Cubana de Ballet es maravillosa, te dota de una técnica impecable. Es algo muy fuerte, te crea una enorme pasión por la danza que llevas contigo por el resto de tu vida. Cuando sales de aquí, coges lo mejor de la técnica de otros lugares, pero técnica de base, eso ya lo tenemos. Desarrollamos refinamiento, quizás cambias las zapatillas de puntas con las que bailas, cambias el trabajo de los pies, pero la base es la escuela cubana de ballet, y es maravillosa”.
El público que asistió al Gran Teatro de La Habana pudo disfrutar de la exposición, que los recibió en el vestíbulo de la institución, titulada Paralelos, la que muestra, de forma refinada e interesante, la mirada de dos artistas, uno cubano y otro norteamericano, cuyo interés es el de conjugar la realidad del bailarín con ese su otro mundo mágico: así realiza un doble retrato, uno próximo al personaje que interpreta y el otro en su plena cotidianidad, pues, en el acto escénico, realmente olvidamos que ese intérprete es tan próximo a nosotros como no somos capaces de imaginar.
Cerró el telón de esta 26 edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso. El público cubano disfrutó una vez más del arte en puntas, complementado con sus estilos más modernos. El estreno de Ely Regina (La forma del rojo) no gozó de tanta suerte como Ciudad de luz, concebida por Pepe Hevia para Grettel Morejón y Ariam León. Aún se impone la necesidad de ver más a nuestros bailarines interpretando piezas contemporáneas, desdoblándose, rompiendo los esquemas y formalismos de la escuela clásica.
El ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba
Por: Yosvany Montano Garrido
Dos generaciones de cubanos alcanzaron la mayoría de edad en las décadas de 1920 y 1950. Al menos cuatro lo hicieron después de 1959. Para todos, el ballet ofreció otra imagen de la identidad. No partió, como en otros casos, del poder pasado ni acordó consensos con los juicios preestablecidos socialmente. En su lucha romántica —no por ello minúscula— antepuso a la estética europea un modelo nuevo de belleza. Graficó el desplazamiento de los ejes culturales tradicionales hacia las zonas adyacentes. Construyó otros referentes. A partir de una preocupación real por la Isla, amplió, de forma premeditada, el universo de los bailarines, los coreógrafos y la técnica.
Al colisionar los lineamientos pedagógicos, los singulares perfiles coreográficos, los disímiles ánimos del país; insospechadas posibilidades imaginaron el sueño de una escuela cubana de ballet. La Academia Nacional Alicia Alonso, creada en 1950, desplegó una espiral de tentativas, personificaciones, ideas en progreso, acumulaciones pedagógicas. La República burguesa no hizo fácil aquella empresa. Condicionaría ese tránsito el perfil de una compañía negada a permanecer solo en los circuitos estrechos de las élites habaneras.
La frustración neocolonial conjugó, en los dominios culturales, la norteamericanización exorbitante de la vida social. Wood, el interventor, lo había vaticinado: «La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo». Habíamos quedado tristes, al decir de Gómez. Las realidades fueron demoledoras. El tiempo y el espacio mutaron hacia la cultura de postal. La popularización de los modos y estereotipos de la industria cultural yanqui, auxiliados por Hollywood, influyó en los conceptos sobre las relaciones entre géneros, las modalidades sexuales, los patrones de belleza, las prácticas deportivas, los estilos literarios, el panorama sonoro, etc. La publicidad abrió los nueve círculos dantescos para un país cuyo mayor pecado era el autodesconocimiento.
Con frecuencia entendemos la hegemonía como una sumatoria de forcejeos, de violencia sobre la actividad social e imposiciones de nuevos significados. Ignoramos dolorosamente que esos procesos, como sucedió en Cuba, pueden emanar, también, de los consensos. Aquí las circunstancias parecieron afirmar el carácter moderno y civilizado de la sociedad. En la práctica, al definir los alcances inclusivos de ese término, es decir, la sociedad, estaban equivocados. En un país culturalmente subdesarrollo y dependiente ese es un término con altísimas adecuaciones.
No es necesario rememorar interminablemente. Si coloco apenas estos enunciados es para presentar una tesis más abarcadora. Como otros hechos culturales, para abrazar su carácter nacional, el ballet tuvo que sortear el mayor de los obstáculos: un país en el que la amnesia crónica había hecho olvidar a algunos sectores el alcance y significación de un principio de tal naturaleza. Prefiero no contaminar este argumento con referencias al andamiaje institucional. La sociedad Por Arte-Musical de La Habana, por ejemplo, jugó un rol importantísimo. Aquella génesis ecléctica no podía, sin embargo, hacer de la danza un patrimonio del pueblo y la Nación. Son demasiados los obstáculos que separan a una burguesía incapacitada de poder, fanatizada por tenerlo, de los intereses colectivos de un país.
Método y discurso, retornando a la danza, calaban los imaginarios populares. La labor de los Alonso, juntos, desbordó el propósito inicial. En el núcleo de la tormenta creativa, ¿es posible que no alcanzaran a advertirlo? Nada más falso. El mensaje leído por Guillén en el Congreso Continental de Cultura en Santiago de Chile proyecta ya el semblante nacional de aquella escuela. El principio emancipador del arte ha madurado, se ha hecho ya orgánico. Fernando en su ponencia define la perspectiva. Sobrepasa el espacio en que estacamos a veces al artista. «El ballet empieza a enraizar en el pueblo. A extraer las esencias autóctonas de las distintas nacionalidades, a matizarse de nuevos colores, a organizarse con nuevas corrientes, y a ayudar al hombre medio y al hombre de abajo en su preparación artística e intelectual. Ya el ballet no será nunca más un arte de reyes, potentados, sino un arte de pueblo y para el pueblo, tal como lo exigen los nuevos tiempos. Por ello hemos de trabajar».
Es 1953. Los fundadores se han inscrito en el flujo ondulatorio del nacionalismo radical que alimentó el movimiento de defensa cultural, cívica y política de los años veinte. Una generación ha descendido los 88 peldaños de la escalinata universitaria. Frente a la frustración republicana el Ballet alcanza, se compromete a mirar a través de las cosas, condición indispensable para sancionar la legitimidad del arte. Particularmente decisiva es la declaración de Fernando. Beligerante hacia un contexto nacional, es también un llamamiento universal. Riñe con el despliegue oportunista de un arte instrumental y politizado. Exponiendo su madurez intelectual, el bailarín sabe ya que en esos colores, corrientes y nacionalidades reposan los proyectos postergados.
La indignación popular ante la suspensión de los fondos estatales a la Compañía en el año 1956 es ya la confirmación de cuánto ha conseguido penetrar el Ballet en la vida colectiva del cubano. Alicia se niega a bailar en Cuba mientras exista dictadura. La FEU organiza la histórica función de desagravio en el stadium de la Universidad de La Habana. La muerte del cisne y las rosas rojas. El mensaje a las jóvenes bailarinas que luego serán las Joyas. Fructuoso Rodríguez retornando en medio de la persecución, venciendo el cerco policial. La universidad asintiendo al «matrimonio feliz». Imágenes fabulosas que perduran en nuestra memoria cultural.
El programa cultural de la Revolución radicalizó también, como en otras áreas de la creación, el panorama danzario. El Ballet Nacional, Danza Contemporánea de Cuba, el Conjunto Folklórico Nacional estimularon un potente movimiento con rasgos nacionales muy acentuados. Luego todo eso se dilató. Un nuevo campo quedó abierto para los compositores, músicos, instrumentistas, pintores, decoradores, escenógrafos, etc. Sin exclusión de ninguna clase se desarrolló un público conocedor mediante funciones gratuitas, difusión radial y programas de televisión.
Resultante de un denso proceso de indagación, la escuela cubana de ballet estableció un estilo depurado y materializó la limpieza, la precisión entre nuestros danzantes. Atributos que saltan a la vista, incluso ante un público inexperto. El sincretismo de ideas, las estéticas conjugadas, definen un método que reacciona ante las necesidades expresivas que le son propias al bailarín cubano. Tradiciones culturales y una técnica académica que metaboliza y resignifica la evolución histórica, y hace del cuerpo humano un arroyo de efusividad contenida. Desnuda, en un primer plano, queda la hermosa sensibilidad y la vibración del caribeño. Al elevado reconocimiento internacional se sumará finalmente su inscripción como Patrimonio Cultural de la Nación, en junio de este año.
Setenta años es tiempo suficiente para evaluar desde la altivez de la edad el camino recorrido. Es además momento oportuno para apreciar los trazos que felizmente se han salido de la línea. Recomponer el proyecto, incorporar otras soldaduras es un acto razonable. Ante la fuerza del salitre, el más denso de los metales termina dominado. Acudiendo a la poetisa, no ha sido esta una casa silenciosa, «(…) por el contrario, a muchos, muchas veces, rasgué la seda pálida del sueño…» Debemos vigilar que no aparezcamos un día hablando melancólicamente, «(…) como las personas que empiezan a envejecer…». Sintiendo en verdad que somos una casa vieja. El mundo se nos hace de cemento, mas sabemos todos que solo es una forma de mentir.
¿Disfruto el ballet, acaso, como un acto de negación individual? Me lo he cuestionado infinidad de veces. Mi gusto, mi experiencia singular hacia esta forma del arte no podría, ciertamente, explicarla a partir de lo que definen los sicólogos como situación social del desarrollo. Queda muy lejos de mi estilo una categoría de tal naturaleza. En verdad, la respuesta apalearía a la facultad de asumir que todo cuanto nos fue vedado como pueblo en aquellos días fundacionales, mi generación lo ha sentido como propio.
![](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgHrn2LmU4iGI8iEhcHrL0JDl7pDTAya0kHxeGNMl7vK6rjoC8mhnYyRLACSfz9vLK57DgzobR0QaYu1zMXqbJgCwJJYamqBs612dk3OZ-_Iymny8J8w-GyvQrWK_dMqb8sITXptM_4hUc/s320/ALA_5425.jpg)
El Ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba. No tengo dudas de eso. Ambos destinos están íntimamente entrelazados. Dependerá mucho de los razonamientos, los compromisos, los soplos nuevos, la confianza en los que comienzan, la solución exitosa ante ecuaciones ciertamente muy complejas que se dilatan en el tiempo. En ese ruedo se hará indispensable el papel de la crítica, los estudios teóricos, la naturalización del trabajo diario, la experimentación con otras estéticas, el desempeño intencionado hacia la conquista y la educación de los públicos. A las coyunturas económicas habrá que encontrarles solución. Pasarán. Es impostergable que no perdamos de vista, tampoco, la solidez, el rigor, la originalidad. Que no renunciemos al instinto, a la fuerza emergente de los significados.
Tomado de: www.lajiribilla.cu
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